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Temblores, bloqueos, insomnio, apatía… Muchas de estas palabras son las que escuchamos en los primeros encuentros terapéuticos, seguido de la frase ¿Cómo puedo quitármelas? 

En una sociedad en la que estar mal no es una opción, los síntomas son un objetivo a batir, un capricho del destino que se cruza en nuestro camino para hacérnoslo más complicado, algo aleatorio que nos toca y que queremos espantar. 

Esto hace que busquemos remedios rápidos, soluciones directas enfocadas en el síntoma, sin tomar una perspectiva más amplia y realista del problema. Y, en muchas ocasiones, estos remedios dan resultados, dándonos una tregua. 

Sin embargo, el enfoque del síntoma como problema, nos lleva en muchas ocasiones a escaladas y bucles en los que los síntomas se suceden o se incrementan. Poner el foco en el síntoma nos hace tomar una perspectiva muy corta, que nos impide tomar decisiones realmente útiles. 

Por poner un ejemplo físico, si tenemos una contractura en el cuello, podemos ir al fisio y que nos la arreglen, pero si no hacemos el cambio de almohada que necesitamos, ese dolor seguirá reapareciendo, incrementándose o trasladándose a otras zonas colindantes como el hombro o la espalda.

Con los síntomas psicológicos nos pasa lo mismo. Existen decenas de remedios contra la ansiedad, pero, ¿Qué pasaría si en vez de echarla, nos preguntásemos para qué ha venido? La ansiedad es una respuesta movilizadora del cuerpo, lo prepara para la acción. Escucharla nos ayudará a tomar decisiones y a encaminarnos en una dirección útil en la que hagamos cambios que establezcan un nuevo “status quo” en el que no sea necesaria la aparición de nuevos síntomas para movilizarnos. 

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La ansiedad, la tristeza, la apatía, el miedo, etc., son síntomas que vienen para mandarnos un mensaje: “cambia tu manera de gestionar el trabajo”, “necesitas un cambio en esta relación”, “retoma el contacto con esa persona”…. y que no abandonarán su misión a menos que sientan que se ha visto cumplida o que les trasmitamos el mensaje de que no les necesitamos para encaminarnos en una dirección.

Es posible, que en ocasiones no sepamos interpretar los mensajes que nos manda nuestro propio cuerpo, ya que no nos han educado en esa tarea de parar a escucharnos y a mirar a nuestra realidad para buscar interpretaciones. Ésta es muchas veces nuestra labor como psicólogos: ayudar a generar esa mirada, ese análisis, ayudando a las personas a ser expertos en el funcionamiento de su cuerpo y su mente.

Para esta tarea, es muy útil plantearnos realizar una entrevista al síntoma. En esta entrevista se le pregunta a esa tristeza, a esa apatía, a esa ansiedad una serie de preguntas que tendremos que responder poniéndonos en el lugar del síntoma.

Pongamos un ejemplo de una entrevista a la ansiedad de Juan:

“Desde cuando llevas en la vida de Juan?” Llevo bastante tiempo, pero estoy más presente desde hace 3 años.

“¿Quién te trajo?” Bueno, aparecí justo después de que Juan tuviese un encuentro con Lola, una chica que le gustaba después de pasar dos años sin tener una cita, pero se quedó paralizado, se inventó una excusa y se fue. Se lo contó a un amigo y éste le dijo que así se iba a quedar solo para siempre. Podríamos decir que me trajo ese amigo, sí.

“¿Por qué estás con Juan?” Estoy con Juan para que se de cuenta de que no está a gusto con esta situación. Que él tiene ganas de tener una pareja y que, el miedo que tenía a ser rechazado, ya es pequeño comparado conmigo. Yo soy más potente, pero me elige a mí.

 “¿Qué tendría que hacer Juan para que tú te fueras?” Yo me iría si viese que tiene oportunidades para conocer a gente. Yo me iría si Juan toma decisiones para estar con gente, para no aislarse. Pero mientras tanto, estaré con él, no le dejaré solo…

Es muy curioso cómo estas respuestas revelan realidades que no se contemplan a nivel consciente, como la realidad de que el síntoma tiene una función, viene para que hagamos cosas que nos hagan estar mejor. Y es a partir de estas respuestas cuando hacemos un cambio en nuestra manera de vivir el síntoma y las soluciones, pudiendo generar un locus de control interno en algo que antes podíamos sentir como externo e incontrolable.

 Por eso, para nosotros los síntomas no son el enemigo a batir, sino una herramienta, un aliado que nos ayuda a crear el camino necesario para que esos síntomas no tengan lugar y puedan dejar de aparecer.

Sara Ferro Martínez

Psicóloga y coach

Grupo Crece