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“Multitask” (o multitarea) es una palabra con la que muchos de nosotros nos sentimos identificados. En un mismo día hacemos muchas cosas, cumplimos con diferentes roles, e incluso planificamos nuevas tareas que querríamos sumar. Pero todo esto se encuentra con un obstáculo: nuestro tiempo es limitado.

No nos da tiempo a hacer todo lo que nos gustaría, y esa es una realidad que constatamos a diario. Y ante ella, tenemos dos opciones: vivir en la improvisación, o vivir según nuestro orden de prioridades.

Vivir en la improvisación

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Vivir en la improvisación significa dedicar nuestro tiempo a aquello que nos surge en el momento.

Sabremos si vivimos en la improvisación si tenemos la sensación de ir como pollos sin cabeza, de vivir apagando fuegos, y si siempre tenemos una gran lista de cosas pendientes por hacer. Los días se nos escapan, y no tenemos mucha conciencia de en qué se nos ha ido el tiempo. En nuestro día a día lo urgente se impone sobre lo importante.

Vivir según nuestro orden de prioridades

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Vivir según nuestro orden de prioridades significa tener claro el valor de nuestro tiempo, y a qué queremos dedicárselo. Significa ser dueños de nuestra gestión. Y eso implica tener que decir a veces “no” en lugar de
“sí”.

Sabremos si vivimos según nuestro orden de prioridades si al finalizar el día tenemos sensación de control en la gestión de las tareas del día, si sentimos que las hemos hecho porque se ajustaban a nuestras prioridades y no por las demandas externas. Esta sensación de control nos permitirá crear planificaciones con las que nos sintamos comprometidos, y confiemos en que se cumplan. Será lo importante, y no lo urgente, lo que ocupe habitualmente nuestra atención.

Todos tenemos prioridades, pero no todos sabemos priorizar. Si preguntásemos a cualquier persona qué es lo que quiere en la vida, seguramente nos conteste “Ser feliz”. Pero a la hora de la verdad, en el día a día y en la acción, ¿cuántas cosas priorizamos antes que nuestra felicidad? Si hiciésemos el recuento, la cifra nos resultaría escalofriante.

Priorizas aquello a lo que dedicas tu tiempo y tus recursos. Siendo ambos limitados, priorizar algo significa renunciar de igual manera a otra cosa.

Cuando vivimos en la improvisación, no visibilizamos la parte de la renuncia y cuando nos topamos con ella sentimos una tremenda frustración. Por ello, lo primero que necesitamos para aprender a priorizar es valorar
a qué renunciamos cuando priorizamos algo, y valorar si esa renuncia es acorde con nuestros valores y prioridades.

La mayoría de las veces la respuesta no es absoluta. Pongamos, como ejemplo, alguna situación típica que se produce en el ámbito laboral. Si mi equipo me pide ayuda para una acción importante, puedo valorar como algo asumible quedarme un tiempo más en la oficina y renunciar a ir a recoger a mis hijos, pero a la vez puedo decidir que no quiero renunciar a cenar juntos. De este modo, asumo la necesidad que surge (ayudar a mi equipo) a la vez que pongo límites (solo hasta la hora necesaria para llegar a cenar), y me comprometo con esa decisión. Cuando llegue a casa, probablemente lo haga con la sensación de haber controlado mi tiempo, haber decidido mi orden de prioridades y haberlo defendido. Puedo enfrentarme a la decepción de mis hijos por no haber ido a recogerlos, pero lo haré desde la calma ya que en mi decisión asumía la posibilidad de que les afectara.

La misma situación sería afrontada de una manera muy distinta por una persona que vive en la improvisación. En este caso, si mi equipo me pide ayuda para una acción importante, diría que sí porque me lo han pedido sin hacer mayores consideraciones ni marcar límite alguno. Serán los otros los que asuman la iniciativa y tengan el control de la situación. Cada minuto se me hará eterno, y tendré la sensación de falta de control de mi vida, de que los demás manejan mis tiempos y mis días. Y eso me hará sentir que “no
puedo dar más de mí a los demás”. En el caso de que mis hijos me muestren su descontento por no haber ido a recogerlos, probablemente mis emociones se desborden.

¿Te sientes identificado/a?

Tu tiempo es tuyo, y decidir a qué y quién dedicarlo un derecho que todos tenemos. Haz que tu vida cuente, que cada minuto dedicado a algo, que cada renuncia que hagas, tenga un sentido y te defina. Que al acabar el día sientas que le has dado el tiempo que querías a lo que querías. Regalar tu tiempo, desde la improvisación, es la mejor manera de “regalar” tu frustración a otros.

Sara Ferro Martínez

Psicóloga y coach

Grupo Crece